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viernes, 17 de abril de 2015

Mueres de miedo y de miedo… me mueres

Mueres de miedo y de miedo me mueres, de a poco, de a mucho, de vaya a saber ud cuánto se pueda. Con la impotencia de ver la vida perderse, con el corazón en una mano y las alas en la otra.

Esta amorosa impotencia de ver sufrir y tener que ser testigo, meramente observante de la sangre derramada, de vidas aparentemente desperdiciadas. Aparentemente, porque al final la vida salva y todo lo perdido se gana, pero ¿cuánto más faltará? ¿De cuánto dolor he de ser testigo y protagonista antes que poner a descansar esta alma?


¿Las alas?  Si, las alas son suyas, hay que entregarlas ¿el corazón? Es el valiente, el doliente, pero ese se queda, ese espera y observa cuando se vaya. Así es esto, así toca en la vida, cuando se ama.

No hay armaduras pesadas, esa ninguno de los dos las carga, hay miedo, hay amor, hay dolor y no olvides llevar las alas.  

domingo, 21 de septiembre de 2014

De berrinches y malos tratos…


No apruebo ni justifico berrinches, mucho menos malos tratos, salvo cuando sé que detrás de esa persona iracunda hay un corazón roto. Entonces no puedo culparle de nada.

La muerte en vida es esa y nada más difícil que tener que seguir viviendo.  Trabajar, salir a la escuela o del cuarto y tener que decir “buenos días”. Todo, todo es una azaña, un impositivo mandato a nuestro cuerpo de "aparentar vida" aunque esté muriendo.

Toda tu energía está voluntariamente entregada a un ser que ya no existe, no contigo, no para ti. El fluir energético no tiene manera de volver, sólo fluye a una vía, viaja sin regreso y no hay forma de confirmar si alimenta a alguien. A ti no y a la otra persona, ya no tienes forma de conocer si le sirve de algo o si le interesa recibirlo. Es tal vez energía que se fuga del universo.

La muerte más sentida, más presente del dolor y tan ausente de mi vida ha sido esa. Somos amor, amor que sale y vuelve multiplicado, pero si este sale y no vuelve…te quedas vacía. No estás, te ausentas y sin tu presencia no puedes ser persona. 

Hay una guerra interna, el caos, el conflicto, todo ese dolor que no encuentra un amor que lo resista; se vuelve coraje, rencor, enojo, violencia, violencia que se vuelve contra ti y contra otros. Contra todos, todos menos esa persona a la que irremediablemente amas y aunque quisieras odiarle, no puedes, aún no puedes.

Tu sabiduría organísmica no quiere y no permite odiarle, por el momento no y está bien, no te obligues a sonreír ni ser amable, no seas violent@ contigo, bastante sufres y pleiteas internamente. Si los demás hemos muerto alguna vez, podremos comprenderte, verte con ternura y abrazar tu corazón herido.  Los que no comprenden es porque no lo han vivido y no sé si lamentarme más por ellos que por ti. Nada más afortunado en la vida que saber que hemos amado, aun cuando no sea ya correspondido.

Llora, enójate, deja que esa furia salga, que no se quede en ti, aunque parezca ahora imposible, va a pasar. Terminará y el amor volverá a encontrar lugar adentro. Después podrás verle ya sin sufrir y sin darle tu energía. Las cosas siempre vuelven a quien le corresponden, el amor busca quién lo alimente y donde no hay vía de regreso, tarde que temprano deja de drenarse. Al universo no le gusta que se fugue su energía.

Sólo quería decir que a ese corazón sufriente, lo acompaño a distancia, dejándolo que se vuelva ogro, no me acerco porque no busco el conflicto, pero tampoco lo condeno, lo dejo estar, espero que pronto vuelva a sonreír, o no tan pronto, eso no importa, cada quien tiene su tiempo.

Lo sé, en teoría y en experiencia, pero hoy lo leí y quise compartirlo, creo que esos corazones que andan por ahí luchando contra el mundo, necesitan ser abrazados por lo menos desde lejos. Dando tiempo, comprendiendo y no aceptando el pleito, ese no es nuestro, es un grito de dolor que si lo has vivido, podrás reconocerle.

No eres mala criatura, aunque quieras serlo, estás pleitando contra ti como diría el gran Shakespeare. Yo te acompaño, aunque aparentes que quieres que todos se vayan. Yo me quedo, te comprendo.
¿Quieres la respuesta teórica de hoy?

2. Un clavo saca otro clavo (refranes con explicación científica)

Nada requiere más energía del organismo que una pena de amor. El despecho es emocional y físicamente doloroso; sin embargo, en la medida en que se movilicen neurotransmisores y hormonas que venzan o se sobrepongan a las que actúan con efecto depresivo, la ‘tusa’ va cediendo. Durante este proceso, el organismo busca equilibrar el disbalance por la caída de serotonina, las endorfinas y la dopamina, frente al aumento del cortisol y las hormonas del estrés. Este disbalance mejora a partir de las buenas relaciones, de los momentos alegres y de las buenas conversaciones y puede dispararse ante la presencia de otras personas que generen estímulos gratos, similares al del enamoramiento. La idealización del otro cae.

lunes, 31 de diciembre de 2012

¿Cómo le digo al corazón lo que no siento?

19 de dic.
Siento claramente caer dentro de mi  el calor constante de la bilis, jugos gástricos o lo que sea, eso lo siento. Siento nauseas que mi experiencia me dice que es mi gastritis en grado avanzado, siento mi cerebro trabajar todo el tiempo intentando encontrar respuestas que no existen. Siento sueño porque poco duermo. Siento el dolor interno de mi tuvo torácico. Siento ganas de llorar todo el tiempo y que todo es en mi contra. Siento que la vida de repente se nubla  y me pierdo en la bruma… 

Tengo miedo de lo que no sé cómo termine superando.  Sé que se supera y eso ayuda, pero por ahora tengo dudas, muchas. Tengo urgencia de dar la vuelta a la página y escribir nuevamente otras historias, que igual pueden terminar y doler, pero quiero seguir escribiendo.

Tengo miedo de cansarme, de no querer escribir, de postergar demasiado el tiempo para cambiar de página, tengo miedo de mí, de mi miedo y sus efectos.
Siento esto, sé lo ya escrito, pero desconozco lo que no siento. Ignoro el fondo de mi ardor gastrointestinal, quiero ver el dolor de origen, pero le tengo miedo. Mis intestinos sintiendo, mi corazón pensando y mi cerebro sin saber qué hacer.
¡Ya me había pasado esto! Pero es como si se borrara, como si otra vez no hubiera respuestas y nunca lo hubiera vivido. Quiero verlo, de frente, que duela y me rasgue el alma, no importa, ese es el comienzo. Lo sé, sólo así pasa y vuelve a florecer mi alma. 

Ya quiero que pase, ya quiero ver la nada y maravillarme porque estoy sintiendo, pero aun no es el momento. Es tiempo de soportar lo que falte, de aprender del dolor, de dejar llorar al cerebro.
Si, que llore el pensamiento. Ya le encontraremos misión a los ojos, ya habrá tiempo para que ellos se maravillen de otros paisajes y lloren también, pero de esos modos cuando la emoción es vida, asombro y agradecimiento. 

Ya habrá otras historias, de esas donde el estómago digiere y deja volar mariposas, donde el corazón siente y el cerebro dice “sí” eso es lo que pienso. Ese momento llega, aunque ahorita se vea negro.

Lo mejor de la segunda muerte es que ya sabes que no mueres. Sólo se siente, pero la vida sigue latiendo, oculta al fondo de la confusión de las tripas y el corazón, pero está latiendo.

Disfrutemos este tiempo, este dolor del mundo, el mundo que me ha ofrecido todo y yo soy la que lo pierdo, me pierdo. Que Dios bendiga el dolor que siento, que él lo abrace, sí, solo así lo recuerdo y lo busco, solo así es como vuelvo y siento. 

Este es mi viaje de trenes quizás más austeros, pero tiene tal vez más que mostrarme que a otros pasajeros. 

Solo puedo bendecir esta rabia que siento ¡la siento! no la acepto, no la busco, no la espero, pero la siento. 

Estoy tan enojada que hasta el cuerpo lo rechaza. Quiero vomitar mi enojo y frustración, quiero decirle al mundo que ¡no lo merezco! aunque seguro que lo merezco, solo no me he dado cuenta, solo no he visto lo que tiene que dejar para que después lo aprecie y lo guarde como otra noche oscura que me mostró el sumidero más profundo de mi alma, ese que no está en el norte del país, sino en mis sentimientos ocultos, inexplorados e inexpertos.
No sé cuánto más duela, no sé si continuo con remedios o busco ya doctores que adormezcan el sufrimiento, pero quiero dejarlo arder, sentir por lo menos lo que siento, que no se tape, que no se oculte porque al final de cuentas ¡siento!.
Siento lo perdido, busco lo ganado y espero que todo pase y me haga crecer.  Que me muestre el mundo del dolor que necesito ver para entender al resto, un resto que no tiene lo que yo tengo.

Siento esto, bienvenido, seguiremos buscando qué más siento y a quién compartirlo sin odiar al resto, bien sabes quién es "el resto".
Que la felicidad de otros aliente la búsqueda que tengo, que no se limite ni se frustre, quiero que esta felicidad se extienda, hay suficiente, sólo hay que dejar pasar el miedo.
¡Tengo miedo! ¡Tengo coraje! ¡Tengo dolor! Y sé que muy en el fondo, todo es sentimiento.
Te de tila para mis nervios, omeprazol para este ardor y amigos, amidos para el corazón, no tengo otro remedio.

 P.D. Ud. Disculpe la redacción, a un poeta hay que creerle cuando escriba en prosa y mala dice Becquer, porque es cuando está sintiendo y yo SIENTO.

miércoles, 20 de enero de 2010

HIPOCONDRIA

No es un virus, pero puede contagiarse.

Después de enfrentar la Cardioesclerosis, hubo que conocer la hipocondría. Suele suceder que esta aparezca tras alguna fuerte enfermedad, dicen los facultativos.

Parece ser que el sorprenderte enfermo por largo tiempo te alerta para no caer de nuevo y todo resulta amenazante.

_Pues bien, estoy lista doctor. No se preocupe en decir lo que sea, finalmente ya lo hemos enfrentado en otras ocasiones _ Le dije muy segura al mirar cierto misterio en su rostro.

_HIPOCONDRÍA _Dijo mientras giraba la pluma que tenía en su mano _Sentir como propio el dolor ajeno, hacer tuyos los padecimientos externos… _Completó cuando vio mi cara de sorpresa y desconocimiento ante su nuevo diagnóstico.

_Esta enfermedad es significativa porque afecta la vida laboral, social u otras áreas importantes de la vida del enfermo. _Continuó en su explicación.

_De ahí que se diera tu cambio de hábitos, tu fragilidad inusual y claro, la búsqueda y deseo constante por sanar. De pronto pareciera que dejas de ser tú, en parte hay razón, pero también es cierto que sólo experimentas otras áreas de tu cuerpo y psique, que habían permanecido dormidas mientras no experimentabas el dolor o simplemente, aún no se desarrollaban.

No debes preocuparte, me atrevería a decir que es ANORMAL no padecerla después de lo vivido.

Sentirás el dolor ajeno, tendrás una vocecita que te instará a sanarlos. Tus viejos hábitos que solían mantenerte alegre, puede ser que en estas circunstancias te molesten o simplemente ya no los necesites y priorices nuevas experiencias.

Puesto que es un padecimiento que afecta a todos los aspectos de la persona; surgirá la necesitad de un conocimiento mayor, nada más sano que conocer nuestro cuerpo y sus reacciones, no hay nada que temer.

A menudo me encuentro con pacientes que presentan culpabilidad al enterarse de afecciones que fueron causadas por su mismo desconocimiento; impotentes de no haber actuado antes, deseosos de demandar al sector salud por no informar a sus agremiados a tiempo… _Lo dijo ya en un tono burlesco. 

 _Es entonces cuando los hago voltear a las paredes del hospital, seguir los medios de comunicación y escuchar con detenimiento las mismas pláticas cotidianas, suelen bajar la cabeza y reconocerse ausentes de su realidad todo el tiempo pasado.

Antes y ahora el mundo es el mismo, pero este es tu momento para que comiences a disfrutarlo _Me miró muy sereno y sonriente.

_Yo escuchaba atenta y dejaba terminar al doctor.

_Es tan normal esto que ahora presentas, que mira, tengo todo mi discurso armado, lo digo con bastante frecuencia, aunque no tanto como yo desearía, aun es importante el número de pacientes con enfermedades crónicas, como tú te encontrabas, menor que los que ya les han superado.

Siéntete afortunada, formas parte del “aun” selecto grupo de supervivientes, el temor de recaer o presentar otros males es bastante normal ¿no crees? _ Me miró fijamente como esperando conocer mis pensamientos, no pude argumentar nada, asentí con la cabeza y permití continuara su discurso. Sonrió con cierto aire de ternura y me dijo:

_ ¡No hay cura! esa es la buena noticia _ Lo dijo tan feliz y emocionado que me costaba entender a qué se refería, seguía atónita.

_Este es tu nuevo modo de vida, si así tú lo permites y no optas por volver a tu antigua enfermedad.

ESTAS VIVA Y TU CORAZÓN ESTÁ LATIENDO, aunque claro, como hemos escuchado de los grandes pensadores y nos lo han repetido todo el tiempo a través del cine  “el corazón y la razón” siempre deben estar en contradicción,  cuando estos se ordenan y cesa su lucha, creemos estar muriendo.

El dolor ajeno será tan tuyo que no te bastará vivir como antes,  demandaras una cura y existirá un impulso en ti que altera tu sistema nervioso y no te dejará estar en aquella antigua pasividad. De repente padecerás todos los males del mundo y ninguno de mis pacientes, hasta ahora, ha aceptado dejar que el mal siga avanzando sin intentar por lo menos detenerle.

Será cansado, te espera una vida de constante lucha. ¿Sabes cuántas enfermedades encontrarás allá fuera? ¿Imaginas lo que será enfrentarte a las incurables? Que en este punto de muchas se habla, pero créeme que en la mayoría; es la falta de coraje para enfrentarles, lo que las hace entrar en esta categoría.

Yo prefiero categorizarlas en las simples, que por lo general están asociadas a lo físico y que basta un oportuno diagnóstico para sanarlas y las complicadas, que…_ sonrío y movió la cabeza como asumiendo algo que prefirió no compartirlo_ Que sólo toman un poco más de tiempo.

No temas al cansancio, encontrarás pronto en el tu deleite, ya verás.

_Se levantó y fue hacia su armario mientras decía _No tiene cura pero siempre habrá algo que pueda ayudarte a superar las crisis _Sacó un paquete que parecía contener bolsitas plásticas y regresó a su lugar_ En estas bolsitas irás almacenando tus lágrimas, tan pronto como reúnas una cantidad considerable deberás traerlas, puedes recogerlas con algodón, tampoco se trata de que inundes el hospital _bromeó un poco con la escena y continuó.

_ Con ellas preparamos el antídoto.

_¿El antídoto? _ Manifesté con cierta sorpresa y duda.

_SI, cada lágrima que tu derramas, se encarga de reconstruir aquellas fibras coronarias que fueron lastimadas durante tu padecimiento, estas son administradas mediante nebulizaciones. El mejor momento de absorción es cuando tu sistema nerviosos se encuentra exaltado, porque tu respiración es más profunda, así que no temas cuando se presente.

Mira _explicó_ si aprendiéramos a aflorar los sentimientos ante los distintos males que padecemos, nuestro propio llanto evitaría las enfermedades, pero como lo habíamos comentado, mantenemos nuestro corazón tan lejos de la razón que esto rara vez sucede. Por eso tenemos que recopilar tus emanaciones oculares y emplearlas en el momento preciso.

La hipocondria terminará con tu muerte, es vedad, pero con el tiempo tu cuerpo logrará compaginar los procesos de razón y corazón, de tal modo que puedas prescindir del medicamento. Aunque en ese entonces, si así lo deseas, podrá tu llanto permanecer en el banco de lágrimas, donde al tiempo que permites reducir el dolor ajeno, encontrarás menos padecimientos externos y por lo tanto, tu hipocondría, aunque en ese momento será fulminante puesto que es progresiva, encontrará menores factores externos por los cuales padecer.

¿Sabes de qué se componen las lágrimas? _ Me preguntó como esperando dar una gran noticia.

 _De agua, supongo _respondí.

_Si, en parte por agua, pero también hay un alto contenido en GLUCOSA. Nunca lo olvides, tus lágrimas son dulces.

_Sonreí sin levantar la mirada _ Dr. No termino de asimilar lo que me dice, pero extrañamente me siento motivada. Es raro doctor, la condición humana es un misterio. ¿Qué pasará en los lugares públicos? ¿Sufriré a gritos los males de cada uno?

_Sonrió de nuevo_ No funciona así, de hecho es precisó la cercanía con los otros para padecerles. El “mal” consiste en tu necesidad de buscarles. Son tu mal y medicina. Curioso ¿no?

Anda, ve a casa. Tienes el mejor dolor del mundo “te duele el mundo” NO TENGAS MIEDO.

_Di las gracias y me levanté aun turbada.

_Ah!_ Dijo antes que cruzara la puerta_ Se me olvidaba, con la presencia de HIPOCONDRÍA, tu expediente vuelve al casillero de DONADORES.

_Sonreí profundamente si entenderlo del todo, rodó la primera para antídoto.

Y aquí estoy, en espera de ver multiplicarse mi padecimiento. De ser invadida. El corazón aún no articula del todo sus movimientos con la razón, pero van logrando un andar acompasado.

HIPOCONDRÍA: Sentir como propio el dolor ajeno, hacer tuyos los padecimientos externos… Mi Doctor la padece de mucho tiempo atrás, lo entendí con el tiempo, y espera ansioso un mundo de hipocondriacos.

La transfusión...

lunes, 26 de octubre de 2009

La transfusión...

Estaba sola, regresé a mi casa con los análisis en la mano, el resultado era más que desalentador “cardioesclerósis”. Mi corazón se endureció, quería dejar de trabajar, bombeaba tan poca sangre que esta comenzó a sufrir alteraciones.

Me dejé caer sobre la cama y repasé los comentarios del doctor:

_Tienen ud. el nivel sanguíneo de un infante, no me explico cómo logra seguir en pié. Es urgente calmar su sistema nervioso, en esta situación cualquier alteración sería fatal. Aquí no le podemos atender, busque inmediatamente una clínica que disponga personal a su cuidado e inicien una transfusión emergente. Serán necesario por lo menos 5 donantes, una sola persona pondría en riesgo su vida si pierde la sangre que usted necesita.

No se preocupe, con una buena atención Ud. Estará bien. Llame a su familia y prepárese para disfrutar de un buen coctel de rica y revitalizante sangre -dijo con una sonrisa como intentando romper el silencio tenso que se había creado.

Llamar a mi familia, ja, estaba sola, como nunca, como nadie. Cómo llamar a alguien si sólo deseaba estar sola. Para qué buscar una clínica si finalmente no habría donantes. No sabía qué hacer. Así recostada en la cama, me encorvé para intentar combatir el frio más fuerte del peor invierno de mi vida o tal vez, del último.

Timbró el teléfono, dude en levantarme, al fin que importaba ya perder una llamada telefónica. Siguió insistiendo el ensordecedor tono hasta que me obligó a contestar.

_Bueno

_Hola ¿cómo estás? te sorprenderá que te llame, pero necesito un favor, cuestiones técnicas tu sabes.

bah! Sonreí para mí, la vida me estaba jugando otra de sus malas bromas, en estas circunstancias donde no soy suficiente para mí, alguien me necesita. Después de unos segundos de silencio, respondí.

_Claro, con todo gusto. Tengo algo de trabajo, pero seguro podré buscar un poco de tiempo.

_Si no es mucho problema, claro. Pasa que me encantaría que fueras tu y abusando un poquito de la confianza, me decidí a llamarte.

_Gracias por pensar en mí, será un placer. Podríamos hablar mañana para ponernos de acuerdo.

_Perfecto, muchas gracias, te veo mañana.

Colgué y nuevamente sentí desvanecerme, me senté apresuradamente. Pensé en comer un poco, pero no fue buena idea, mi organismo parecía negarse a recibir vida, tenía una decisión de abandonarme y así hacer perfecta mi soledad.

Pasaron un par de días, quise continuar mis actividades normales hasta entender lo que estaba pasando. Mi cuerpo se veía demacrado, mis fuerzas me traicionaban, pero como siempre; la prisa cotidiana de la oficina permitió ocultar mi estado, nadie se percató de nada.

Él, comenzó a llamarme con más frecuencia. Las cuestiones técnicas a consultar eran el pretexto, pero parecían haber pasado a segundo término.

_Te he notado triste ¿estás bien? puedo ayudar en algo…

_Si, no te preocupes, es la falta de costumbre de trabajar -sonreí un poco y traté de cambiar mi tono de voz afligido, aunque fuera esto casi imposible.

Sonrío conmigo y dijo _entonces es el momento perfecto para discutir del trabajo, en compañía de un buen trago, así podría corresponder un poco.

_Claro - sonreí y argumenté que tenía que irme pero pronto iríamos a tomar algo.

Los días pasaban, mi mal estado era tan notorio e invisible para mis compañeros de oficina, que no pude dejar de reflejarme en ellos. Ese era mi mundo, el del estrés, el de lo urgente, el de convivir con seres que me son útiles y nada más.

Salí de trabajar y lo encontré…

_Vamos a tomar algo, tú no estás bien y me gustaría que confiaras en mí.

Me dejó fría, aún no lograba asimilar en mi cabeza lo que estaba pasando, no sabía cómo manejarlo a los demás. Fue tan sorpresivo que no pude argumentar ninguna excusa y accedí a su invitación.

Hablé y hablé por largas horas. Lo vi tan atento, tan resuelto a ayudarme y yo tan asustada y urgente de una salvación, que no dudé en sentirme afortunada.

Aunque con temor, acepté hospitalizarme. Me vi llena de artefactos, todos para mi desconocidos. Recuerdo como odiaba ese quedo sonido del monitor cardiaco. Me recordaba a cada minuto que estaba muriendo, era como una voz que me decía “ya no puedes, tú no puedes…”.

Pasé la primera noche, ahí, sola, escuchando aquella periódica vocecita desalentadora. Al otro día muy puntual, estaba ahí, con una gran sonrisa, dispuesto a lo que se necesitara. Me abrazó fuertemente, me llené de miedo; hacía tanto que nadie me abrazaba, que no quería que mi vida tomara sentido justo cuando estaba por terminar. Me separé de él y comenté que el doctor había llegado. Estuvo atento a cada indicación, había resuelto hacer lo necesario para ayudarme.

_Por ahora necesitaremos sólo un poco de su sangre para mantener el nivel mínimo, pero será preciso que consiga otros donantes.

_NO, -dije apresuradamente. _No puedo aceptar eso, además, no habrá más donantes, será en vano. No quiero que me hagan nada, no lo necesito, así he sobrevivido y lo haré hasta que mi corazón decida no más. No quiero su sangre ¡no quiero su sangre! -comencé a gritar desesperada como si algo temiera-._No admitiré aumentar el riesgo, ni siquiera sabemos si su sangre es sana.

No sabía que más decir para hacerlo desistir, estaba horrorizada de la vida, no sabía cómo vivirla y cada gota eran horas de incertidumbre en este mundo. Junto a él, junto a todos o de nuevo junto a mi soledad.

_Srita. Entiendo si ud. decide no aceptar la transfusión, pero le recuerdo que su vida corre peligro y no garantizo que su corazón resista mucho tiempo más. La Cardioesclerosis y los bajos niveles sanguíneos le están desgastando rápidamente. Hablen un momento y regreso para conocer su resolución. -Se dio la vuelta y salió.

_Por favor, confía en mí y permíteme donar un poco de mi sangre, no me hará daño, puedo hacerlo y tu lo necesitas. Mi vida no ha sido la más sana, pero créeme que me he propuesto una saludable rutina para que te sea del mayor provecho. Entiendo tu temor, sé que no confías en mí, pero dame la oportunidad y corramos el riesgo de vivir un poco -sonrío.

Accedí, nunca entendí por qué, pero algo de mi quería hacerlo y en medio de mi miedo de vida, le di un No a la muerte.

Pasaron casi dos meses. Él era el único donante, no había nadie más a mi lado y el aceptó una rutina de medicamentos y dieta saludable para resistir las transfusiones. Cuando él estaba ahí, en la otra cama, opacaba mi monitor, su latido era tan fuerte, que sólo con escucharlo me hacía vivir.

Con el paso del tiempo, mis signos vitales iban mejorando. Esa vocecita atormentadora se hacía más fuerte. Me gustaba escuchar los dos monitores y él ahí, con vida para dar. Si se iba o llegaba, ya no había cambio en los latidos monitoreados, mi corazón ya no era opacado, estaba viva, como nunca, pero no me bastaba. Era una especie de vicio recibir su vida.

Durante todo este tiempo se mostró feliz, parecía que liberarse de su sangre le hacía bien. Asumí que nos estábamos ayudando mutuamente. Esto facilitó no sentirme en deuda.

Llegó el martes por la mañana, esperaba con gusto aquella sonrisa dispuesta a conectarse a mí. Llegó el medio día y la cama al lado seguía sola. No fue, no llegó a la cita y no fue capaz de avisarme. Temí por mi vida y lo juzgué egoísta. No fui consciente de la fuerza que yo había adquirido, de su desgaste, de su dolor... Sólo pensaba en mí, sólo quería estar segura, sólo quería escuchar el constante tono de la máquina cardiaca, sin darme cuenta de mis latidos que se multiplicaban mientras los suyos se apagaban.

Sentí coraje, dolor, impotencia, desaliento, sentí todo. Si estaba sola antes, ahora a mi soledad se sumaba su ausencia. Me arrepentí de mi ilusión, de haber decidido vivir para al final sólo doliera más mi partida. Le odié, odie su vida que sólo haría más grande mi muerte.

Salí del hospital. Los doctores aseguraban que mi salud estaba estable, pero yo me sentí caer poco a poco. Antes no podía morir porque no tenía vida, pero ahora sí. Era como si la muerte se riera a carcajadas de mi ilusoria fantasía, de mi ingenuidad al creer en mi cuento de hadas, al creerme rescatada por el príncipe.

Pasé los años más difíciles de mi “vida”, mi corazón latía con facilidad, su rigidez había sido vencida, mi sangre inundaba todo mi cuerpo, pero yo no podía mantenerme en pié. No lograba sentir la vida. Era obvio, nadie puede vivir con la vida de otros -pensaba- asumí mi error, era el precio que tendría que pagar por desear vivir, por aceptar recibir. 

Finalmente si estamos solos, nos aseguramos que nadie nos podrá hacer daño.

Con el tiempo, creo que mi cuerpo reconoció la vida como propia, recobró la fuerza. Era como si hubiera purificado aquella sangre que sentía ajena. No quería recordar aquel tiempo de “vida” de una felicidad que acepté sin reservas. Me negaba volver a sentirme feliz, aquel estado me dolía, prefería el dolor, el desconcierto.

Para qué VIVIR si dura poco. Para qué los otros, si al final se van.

Ahora que estoy viva y me siento por fin ¡viva!

Pude regresar al hospital. Aunque me habían recomendado chequeos anuales, no podía, ese lugar me dolía, me recordaba aquel dolor de la cama sola, de mi ilusión desecha.

Me sorprendió mi deseo de entrar. No tenía conmigo el expediente, pero decidí entrar, sólo por preguntar cualquier cosa, por volver a respirar ese lugar.

Recorrí lentamente sus pasillos, me topé con el doctor que me atendió, sonrío abiertamente y me dijo “que bien te ves” sabía que ibas a volver. Él no quería avisarte, pero que bueno que se decidiera.

_¿él?

No entendí nada, yo estaba ahí por casualidad, logrando superar aquella mala jugada de la vida.

El doctor me hizo la seña que pasara, entré y ahí estaba, con una vocecita que lentamente le murmuraba su muerte, junto a una cama sola, pero él no esperaba a nadie.

No pude hacer nada más que soltarme a llorar y sentir toda esa vida que me negaba a aceptar, que la derrochaba sin saber que alguien había renunciado a ella, seguro que yo la merecía más. Mi cuerpo se inundó de él, quise vivir para vivirlo. Quise darle vida… pero no era medicamente posible.

Despertó y le sorprendió verme, hizo el esfuerzo por mostrar aquella sonrisa que tanta vida me daba. Quise pedirle perdón, reconocer lo injusta y egoísta que fui. Agradecer su desinteresado servicio, su AMOR. Jamás me sentí tan amada.

En un instante reconocí todo lo que había hecho en mí; mi vida, mi fe, mi amor. Todo lo que no tenía, lo dio para mí a cambio de nada. Aceptó incluso mis reclamos por haberse ido, se sintió en deuda por no haber dado más. Y yo, egoísta, QUERIENDO seguía exigiendo, él, AMANDO le dolía no poder dar más.

Fue allí donde desperté de la transfusión. No fue en aquel momento en que vi la otra cama vacía y yo esperando recibir. Fue aquí, con el alma plena y mi credencial de NO DONADORA, donde la impotencia se apoderó de mí, donde acepté que no sería yo quien pudiera compartirle vida.

No lo merezco, dar mi sangre me haría sentir una deuda saldada y no es así. Jamás se puede corresponder a quien te da su vida, aun intentando pagar con la misma, es la suya propia la que recibe.

Ahora está bien, como en aquel entonces. Antes de mí.

A mí me costó todo este tiempo aprender a disfrutar de tu vida, a ti, reponerte de aquel mi egoísta tiempo de exigir.

No sabes como hace brotar mis emocionadas lágrimas escuchar cada uno de mis latidos, que no hacen sino hablar de ti. Y como detesto ese breve enunciado en letras rojas en mi expediente de: NO DONADORA, que te separa de mí.